Cultura
Se me olvidó para que fui a visitarlo…
Su voz es de viejito. Sus ademanes, también. Vive solo. Una señora le hace el aseo, el almuerzo y la comida. La señora sale de la casa de mi amigo a las cinco de la tarde. Entra a trabajar a las diez de la mañana. Me ofreció una coca. La cambié por un vaso de agua. Sacó una cajetilla de cigarros y me ofreció. Le dije que no. Él prendió un cigarro y puso la cajetilla sobre la mesa ante la que estábamos. Mi amigo, el viejito, cumplió la semana pasada cincuenta y cinco años. Tiene tres años de viudo. No tuvo hijos. “No te veo desde hace más de un año” -comenté-. Ya no salgo. Fíjate que, como a ti, me duele la pierna derecha. Tomo pastillas para el dolor y para la presión. Cada mes voy a consulta con el doctor de aquí enfrente. Tengo diabetes, pero no muy fuerte.
Le platiqué que yo voy a la oficina a trabajar, que participo en ferias del libro, que, a pesar del mal de mi pierna, camino y hago ejercicio y le platiqué de algunos libros que he leído. También le dije que estoy juntando algún dinero para ir con mi esposa a conocer Tulum, el tren Maya y la península de Yucatán. ¿Te gusta el deporte? Preguntó. Nunca fui deportista -le dije-. Alguna vez fui jugador de básquet en la cancha de mi escuela…
A mí me gusta mucho el deporte -Me dijo-. No me pierdo ningún partido. Compré esa pantallota y allí veo todo como si fuera cine. Tampoco me pierdo las peleas de box. Me gusta ver el fútbol americano. Me jubilé hace cinco años y me la he pasado aquí con esta soledad que disfruto porque he llegado a la conclusión de que no hay amigos verdaderos. Los mejores amigos son los pesos que llevas en la cartera.
Prendió otro cigarro, tosió y le dio un trago a su coca.
¿Qué libros has leído? Pregunté.
Me aburre leer -Contesto-. Me duermo en la primera página. Veo televisión hasta las doce o una de la mañana.
Me acuesto y me levanto a las nueve o diez. ¿No te gustaría volver a casarte? No me hagas reír -Me dijo-.
Yo no creo en el amor de pareja. La difunta de mi esposa me hizo la vida de cuadritos. Era muy exigente. La aguanté porque me tenía la ropa limpia y la comida a la hora. La señora que trabaja conmigo hace lo mismo y le pago poco, bueno le doy un sueldo semanal.
Me despedí después de qué fumó otro cigarro y se terminó la coca. Ahora estoy angustiado. Mi amigo a sus cincuenta y cinco ya está chocheando. Y yo estoy alarmado porque ahora sí, creo que ya empecé a envejecer a mis casi ochenta y seis. Se me olvidó para que fui a visitarlo.