Opinión

El nueve, punto de quiebre

Por Rogelio Agustín Esteban

Pretender que los movimientos conmemorativos al Día Internacional de la Mujer de este año vayan encaminados a generarle inestabilidad a un gobierno, es negar que tras las protestas que se registran en todo el país se encuentre la inconformidad, el dolor y la desesperación de miles de madres, esposas, hijas y hermanas agraviadas por las “condiciones de vida” que actualmente prevalecen.

Seguramente la madre, hija, hermanas y amigas de Magdalena Romero, la nutrióloga asesinada y “cocinada” en Taxco de Alarcón tienen razones para reclamar con fuerza que hasta el momento su perpetrador permanece impune.

Dicho crimen se suscitó antes de que el actual presidente, Andrés Manuel López Obrador asumiera el Poder, de tal suerte que el hecho no se le puede adjudicar a su mandato, pero institucionalmente, el Estado mexicano tiene la obligación de garantizar la aplicación de la ley, lo que todavía no sucede.

La señora Vicenta Bahena, madre de Adilene, una niña de 13 años de edad asesinada en Cocula hace apenas unas semanas, hasta el momento no ha dirigido un solo señalamiento hacia el gobierno del estado ni de la federación, en su momento se limitó a exigir justicia para sus dos hijos ejecutados al estilo del narco, pasado el sepelio, tuvo que abandonar su comunidad por las amenazas que los mismos perpetradores le dirigieron.

María Guadalupe Ramírez, madre de Jaquelín, una adolescente de 16 años, asesinada en Coyuca de Benítez tras denunciar actos de acoso por parte de policías preventivos tampoco ha manejado políticamente su reclamo de justicia, se ha limitado a pedir que la impunidad no se ligue de manera permanente al nombre de su hija.

En Alcozacán, municipio de Chilapa, las madres y viudas agraviadas por la masacre del 17 de enero tampoco se han en metido al discurso de los partidos políticos, solo han reclamado una investigación a fondo y castigo para los culpables.

Antes, en el Rincón de Chautla, comunidad perteneciente a Chilapa se conoció el caso de un grupo de mujeres que decidieron tomar las armas con un objetivo muy claro, defender a sus hijos y casas de la delincuencia, que los mantiene bajo amenaza desde hace varios años.

En la Tierra Caliente, principalmente en comunidades de Zirándaro y Coyuca de Catalán, decenas de jefas de familia pasaron el 8 y 9 de marzo casi con indiferencia al debate que prevalece en torno a la campaña denominado “El 9 nadie se Mueve”, pues desde hace meses viven refugiados a kilómetros de su lugar de origen, lejos de sus techos, tierras de labor y sin saber la suerte que han corrido sus animales de crianza.

Una situación similar enfrentan mujeres y niñas de la zona serrana de Chichihualco, que van para dos años de vivir en condición de desplazamiento, a la espera de que se cumpla el compromiso de reinstalarlos en sus lugares de origen.

En el colectivo Nos Faltan 43 hay mujeres que reclaman desde hace más de cinco años la presentación con vida de sus hijos, en un peregrinar que parece no tener fin.

Y en iguala, los colectivos que enfrentan un severo proceso de división, también aglutinan a mujeres que buscan en fosas clandestinas encontrar restos que les permitan identificar a esposos, hijos y hermanos.

Pero el 8 y 9 de marzo también se movilizan mujeres que durante los últimos días, alentadas por la efervescencia que el tema cobró a nivel nacional decidieron romper el silencio y denunciar que son víctimas de acoso, sin darle un sesgo político a la exposición de sus casos.

Y rompieron el silencio las que han sido hostigadas en la vía pública, en las escuelas y lamentablemente, hasta en el ámbito familiar.

El nueve de marzo, sin duda es un punto de quiebre en el que la mujer mexicana puede capitalizar para romper con todo lo que la oprime, para dejar atrás el silencio y comenzar de esa manera la erradicación de la desigualdad contra la que ha luchado durante varias décadas.

Un movimiento de esa naturaleza debe ir más allá de cualquier coyuntura política, pretender orientarlo en esa dirección no solo es mezquino y oportunista, también resulta limitado, completamente corto de miras.

Ojalá, lo iniciado este 2020 sea el punto de partida de una relación diferente de México para con sus mujeres, la materialización de un sueño igualitario y garantista, en el que la lucha por el sometimiento ya no sea la constante que prevalezca en el ámbito del hogar, en la academia, el deporte y la vida profesional.

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