Ya iba en quinto cuando me gustó otra niña. Fue otro amor silencioso y prohibido. Ahora era una indita. Su mamá ponía un puesto de comales y de ollas de barro en el tianguis de los domingos. La falda de la niña era de color muy subido. Su huipil bordado. En la cabeza sus trenzas con listones de colores. A nadie le conté que me gustaba. Se hubieran burlado de mí. La discriminación hacia «los indios» llegaba a la crueldad.
Todos los domingos pasaba frete a su puesto para verla.
Ella también se fijó en mí. Lo supe porque sonreía y mordía su rebozo al verme. Una vez me atreví, nervioso, a decirle “buenos días”, viéndola a los ojos. Nomás se rio y mordió más su rebozo. Su mamá, en pésimo español, me dijo:
—¿Qué vas a llevar, muchacho? Hay ollas, comales, cajetes, temolchis…
Le dije que nada, que nada más estaba viendo. Me atreví a decirle:
-Le dije buenos días a la niña.
-No te entiende. Ella no habla castilla.
Los ojos de la niña no se apartaron de mí. Tampoco el rebozo de su boca.
Los nahuas eran mayoría en el municipio. Los domingos eran mayoría en el tianguis. Sin embargo, ni mis maestros, ni mis papás, nadie supo cómo decir buenos días en náhuatl.
Angustiado le pregunté a mi maestro de quinto.
– ¿Por qué no nos enseñan a hablar náhuatl?
– ¿Qué cosa? La escuela es para que ustedes vayan para adelante, no para atrás. ¿Estás loco? —así me dijo.
Quise ser indito.
